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Beatriz Ríos

Mentiría si dijera que siempre quise ser periodista. Yo quería ser ingeniera pero empecé a escribir y ya no pude dejar de hacerlo. Periodista especializada en Relaciones Internacionales, conflictos seguridad y paz. Freelance en la UE. Respecto al blog, bueno, disculpen la ironía y bailemos mientras el mundo gira

Una cárcel a cielo abierto

El año pasado asistí a una charla sobre la situación de los refugiados en Sudán del Sur y República Centroafricana. La región es una de las más conflictivas de África y quienes huyen de una guerra, se dan de bruces con otro conflicto en medio de la huida. No son los únicos. Recuerden a los refugiados palestinos en Siria que se vieron rodeados por una guerra civil ajena y ahora se enfrentan al ISIS.

«Vivimos en una cárcel cuyo techo es el cielo», leí una vez a un refugiado somalí. Cualquier ruta es arriesgada especialmente cuando no tienen a dónde ir y volver a casa, suponiendo que aún tengas, es una trampa.

El caso es que de aquella charla, no recuerdo los datos de las operaciones sobre el terreno. Tampoco en qué consistía la acción de las ONG (lo siento). Se me da mejor recordar personas que burocracia así que de aquella charla solo recuerdo a Christian.

Había visto a Christian un millón de veces. Es delegado de la ULBMUN, una organización que representa a la Universidad Libre de Bruselas en una simulación de la ONU en Nueva York. Él, como yo, es estudiante en esa universidad y habíamos coincidido alguna vez pero no lo conocía. Así que cuando Christian tomó la palabra, se me puso la piel de gallina:

«Organicé esta charla porque yo también fui refugiado una vez. Cuando era muy pequeño tuve que huir de la guerra. Tuve suerte. Mi familia y yo pudimos instalarnos aquí, en Bélgica. Pude estudiar y ahora voy a la universidad. Sin embargo, sé que no todos son tan afortunados como yo. Por eso estoy aquí, para contarlo».

Christian tuvo una oportunidad pero no, definitivamente, no todos la tienen.
Vivimos en un mundo en paz, dicen, porque la guerra no nos afecta. Pero lo cierto es que los conflictos étnicos, religiosos, tribales y políticos se multiplican. Ucrania, Siria, RD Congo, República Centroafricana, Somalia, Nigeria…

Según el Alto Comisionado para los Refugiados, 2013 (aún no hay cifras del pasado año) fue el año en el que mayor número de desplazamientos forzosos se produjeron desde que se tienen estadísticas globales: 51 millones 200 mil personas huyendo. Muchos, hacia ninguna parte, hacia todas partes.

Es irónico que hayamos pasado gran parte de la historia tratando de desarrollar los transportes que nos ayuden a romper las fronteras y sin embargo, cada vez construyamos muros más altos. Cuando hablen con desdén de las expulsiones en caliente; cuando digan aquello de “acójanlos en sus casas” con desprecio; recuerden que la vida para ellos es una cárcel cuyo techo es el cielo, a la que (añado) el otro lado del mundo ha construido las barreras.

Qué mundo tan maravilloso este en que la guerra nos duele en África hasta que asoma por la valla de Melilla, hasta que se ahoga en el Mediterráneo, hasta que llega en forma de patera.

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