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Despacito y con buena letra - Impasse Mag blogs -

Pablo Esteban

Albión no tiene nada de pérfida. Soy habitual de la consulta del doctor Fleischman en Cicely. Unos papeles dicen que soy periodista y jurista, pero en realidad soy estudiante de la vida. Lo pasaremos bien. Reflexión y sentimiento. Todo lo que pasa es para bien

Los Óscar, orgullo de claqueta

Oscar Academy

Nunca me pierdo la ceremonia de los Oscar. Una pasarela de estrellas y glamour que siempre acaba sorprendiendo. Un acontecimiento que se asemeja a la clase política española: te divierte, pero no te la crees. Vestuarios, coreografías o comentarios, una ensalada de rímel y esmoquin digna del mejor espectáculo del mundo. El cine, una disciplina menospreciada históricamente por la ortodoxia artística, encuentra esa noche su rincón particular para la fiesta y el reconocimiento. Unas horas de orgullo de claqueta.

Pero no es Oscar todo lo que reluce. Desde el dominante tufillo elitista que rodea todo el evento, pasando por la inexplicable devoción y animadversión mostrada hacia determinados profesionales de la industria, la fobia a la improvisación o la extraña manía yanqui de celebrar la ceremonia en domingo –lo mismo se podría decir para los Globos de Oro, el All Star Game, la Super Bowl, los Grammy…–. Demasiados fundido a negro.

Los premios basados en el subjetivismo carecen de valor. Sea la disciplina que sea, los méritos únicamente deben ser reconocidos desde una base neutra. En España hay 47 millones de seleccionadores y en el mundo convivimos más de 7.000 millones de académicos de cine estadounidense.

Comparar obras de arte heterogéneas es casi tan absurdo como premiar la actuación de Marisa Tomei en ‘Mi Primo Vinny’, solo explicable por el episodio de embriaguez que padecía Jack Palance en el momento de entregar el galardón. “Los premios al Mejor Actor no tienen sentido; y solo lo tendrían si todos los nominados interpretaran el mismo papel”. Así opinaba Humphrey Bogart.

No soy muy amigo de las conspiraciones, pero como diría un escocés amante del cine: “Nunca digas nunca jamás”. Los Oscar nacieron de la voluntad de los estudios más poderosos de Hollywood en los albores del ‘Crack del 29’. En sus orígenes, consistía en una mera reunión entre las altas esferas de los productores y directores –los actores eran simples marionetas de los estudios– para discutir sobre los problemas laborales de la industria cinematográfica. Más tarde, se decidió hacer entrega de unos premios a los mejores profesionales de cada año.

La ceremonia ha ido evolucionando con el paso del tiempo, pero algo se ha mantenido inmutable desde su inicio: la omnipresencia de los grandes estudios y la marginación de los sellos más pequeños. ¿Reconocimiento o marketing? ¿Fiesta del cine o plataforma de autopromoción? Por desgracia, en este punto no puedo más que alinearme con el mayor conspiranoico del mundo.

No pocas estrellas han sido las que han renegado de este galardón. Marlon Brando, Glenda Jackson, Rod Steiger o más recientemente Daniel Radcliffe y Joaquin Phoenix han mostrado en público su oposición a los Oscar. Y sus opiniones no son fruto de la rabia de no haber sido nominados ni ganadores, precisamente, ya que acumulan un total de cinco estatuillas y siete candidaturas–. George C. Scott, victorioso por su interpretación en ‘Patton’, hablaba así de los Oscar: “Se han convertido en un parque internacional de atracciones donde las carreras de los actores viven o mueren en función de si ganan o no el premio”.

Amo el cine. Recuerdo las trasnoches de Oscar desde mi época adolescente. Primero la ‘alfombra roja’ en la televisión del salón. Luego, ya en la cama, la ceremonia mediante las ondas hertzianas. Era una de las noches más esperadas del año. Al final, nunca defraudaba. La puesta en escena era impecable. Los ganadores, discutibles. Pero siempre merecía la pena. Y así seguirá siendo. Pese a sus tomas falsas, Dios bendiga al tío de Margaret Herrick. Luces, cámara, acción.

1 comentario

Juan marzo 2nd, 2015

tienes mucha clase Pablo. Tú si que merecerías un Óscar.