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La Caja de las Letras, un legado cultural que mira al futuro

15 febrero, 2019

En los cimientos de la sede central del Instituto Cervantes una cámara acorazada atesora desde 2007 preciados tesoros en forma de recuerdos u obras significativas de escritores, artistas, músicos, científicos, cineastas y actores.

Caja de las LetrasDesde hoy, ese enigmático lugar guardará también tesoros editoriales, a la espera de una fecha futura en que las cajas que los contienen sean abiertas para recordar a quienes los legaron.

Hasta el momento 41 de las casi 1.700 cajas protegidas por una imponente puerta blindada custodian ya manuscritos, primeras ediciones, cartas personales, guiones cinematográficos, libros o ilustraciones.

Pero también objetos personales como una máquina de escribir de Nicanor Parra o la hucha llena de monedas que hoy ha depositado la editora Beatriz de Moura, que la acompañaba desde que fundó Tusquets en 1969, aunque en ese momento estaba vacía.

Denominada Caja de las Letras, fue una iniciativa del entonces director del Cervantes César Antonio de Molina que inauguró el escritor Francisco Ayala en febrero de 2007 con un legado secreto en la caja número 1.000.

Su promotor pensó que si la cámara acorazada atesoró dinero, joyas y valores durante la vida como banco del edificio, bien podría servir para guardar retazos de la cultura y la ciencia en español.

Desde entonces sus tesoros han ido incrementándose siendo en ocasiones su contenido una incógnita que sólo se desvelará en la fecha de apertura, que determina el donante y coincide con fechas señaladas o con deseos, como el del compositor Luis de Pablo, quien pidió que se abra a su muerte y que en ese acto se interprete la partitura inédita que dejó guardada.

Tres ya se han abierto -las de la agente literaria Carmen Balcells, el actor Manuel Alexandre y la bióloga molecular Margarita Salas-, otras recibieron el legado de García Márquez, Buero Vallejo, Miguel Hernández, Atahualpa Yupanki y Alejandra Pizarnik cuando habían muerto, y algunos de los donantes de esos fragmentos de sus propias vidas las perdieron después de depositarlas, como el cineasta Luis García Berlanga, el artista Antoni Tàpies o la novelista Ana María Matute, primera escritora de la Caja, donde dejó un ejemplar de la primera edición de su libro ‘Olvidado Rey Gudú’ (1996).

En 2008, un año después de su inauguración, la investigadora, bióloga molecular y académica de la RAE debutó como mujer y como representante de la ciencia en la caja 1.568, donde guardó por diez años el primero de los cuadernos con investigaciones genéticas que hizo en Nueva York por encargo del nobel de Medicina Severo Ochoa en 1964. Ella misma lo recogió en febrero de 2018.

Los depositarios -todos españoles o hispanoamericanos a excepción del hispanista británico John Elliott- son elegidos por los responsables de la institución, aunque está establecido que todos los escritores que hayan ganado el Premio Cervantes desde 2006 dejen su aportación un par de días antes de recoger el galardón el 23 de abril.

No todos desvelan el contenido de su «herencia» y prefieren mantenerlo en secreto hasta la fecha de la apertura, como el último caso hasta hoy, el del editor Jesús Muñárriz (Hiperión), que ha ocultado su donación en una caja roja hasta el 23 de julio de 2040, cuando se cumpla su centenario

La Caja de las Letras está cerrada al público salvo el día de puertas abiertas del Cervantes, jornada en la que se registran colas para acceder a este espacio, más pequeño en dimensiones que en relevancia cultural pasada, presente y futura.

Fotografía: Instituto Cervantes.

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