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Las cabinas de teléfono, al borde de su desaparición, otra vez

23 mayo, 2018

En España quedan algo más de 17.000 cabinas de teléfono y su futuro es la desaparición. El 88 por ciento de los españoles jamás ha utilizado una, por algo será

cabinas

Una especie en extinción, un icono, el símbolo de toda una época en la sociedad española representan las cabinas de teléfono, abocadas a su desaparición definitiva por el empuje de las nuevas tecnologías que han modificado hábitos y formas de comunicación, principalmente a través de la telefonía móvil.

La alarmante falta de uso y su nula rentabilidad anidan detrás del reciente borrador de decreto del Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital que eximirá a Telefónica de la obligación de mantener este servicio y también del suministro de las guías, lo que sitúa al borde del abismo a este popular mobiliario urbano.

En España quedan algo más de 17.000 cabinas, la mayoría de ellas en Madrid, Barcelona y Las Palmas, donde ya constituye una estampa romántica y nostálgica, en todo caso anacrónica, la contemplación de un usuario en su interior, una imagen corriente hace no tanto tiempo junto a las colas en espera de turno.

Atrás queda más de medio siglo de este popular habitáculo que fue instalado en 1966 por primera vez en España, aunque de 1928 data el primer locutorio público, que funcionaba con fichas en vez de monedas, en el Viena Park (hoy Florida Park), un establecimiento situado en el madrileño Parque del Retiro junto al Paseo de Coches.

Las conversaciones íntimas, las citas clandestinas, la cháchara tranquila, la parla sin prisa y las gestiones necesariamente anónimas encontraron un aliado idóneo en estas peceras rectangulares, traslúcidas y cerradas, lejos del bullicio de los recintos públicos y las escuchas indiscretas de los locutorios.

El 88 por ciento de los españoles jamás ha utilizado una cabina, según un estudio publicado en 2016 por la Comisión Nacional de Mercados y la Competencia (CNMC), y en torno a la mitad de ellas no realizan ninguna llamada.

Ajeno al espíritu costumbrista, insensible a la gracia y estética del paisaje urbano, el mercantilismo ha puesto fecha de caducidad a un emblema para el que ya se buscan soluciones, un destino que pasaría por la habilitación de puntos de información turística con la connivencia de las nuevas tecnologías y de los ayuntamientos.

La segunda oportunidad pasaría también, como ya se proyecta, por su transformación en puntos de acceso a wifi e internet, el repostado eléctrico de vehículos, el depósito y recogida libre de libros, y la recarga de suministros portátiles.

Otros posibles destinos pasarían por la condición de material de desecho o bien como elemento decorativo u ornamental previa venta a particulares como se ha hecho en circunstancias similares con otro tipo de elementos que han pasado a engrosar la estirpe social del vintage, demodé o la apoteosis de lo rancio.

Los mercadillos de antigüedades, rastros y almonedas obrarán como intermediarios y prolongarán su agonía algunos años como testimonio de una época que con ellas se va y no quiso ver Antonio Mercero, fallecido hace unos días, que fue director y guionista junto a José Luis López Garci del mediometraje ‘La Cabina’ (1973).

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